La historia del rico coqui

¡Pero si eres tú!

Hace unos días Google celebraba su 20 aniversario.

 

Tras leer varios artículos sobre su trayectoria, empecé a pensar sobre todas esas historias de las que está hecha una empresa.

 

Y es que, ¿qué sería el camino de nuestra vida sin los pasos que ya hemos dado?

 

De esto quiero hablar hoy con mi padre. Estoy a punto de llegar al restaurante, ya lo veo preparando las mesas de la terraza…

 

 

Me acerco, le doy un beso y le pregunto:

Papá, ¿qué hiciste después de lo que te sucedió al vender chicles?

 

 VOLVER AL ORIGEN NO ES RETROCEDER

Pues mira, además de vender chicles, me di cuenta de que podía sacarme algunas perrillas llevándoles agua a los hombres que se ponían a ver los toros desde Gibralfaro.

 

Allí arriba solía hacer mucho calor. Los hombres se ponían pañuelos en la cabeza que sujetaban con cuatro nudo para que el sol no les abrasara la cabeza.

 

Yo subía las pedregosas cuestas cargado con botijos llenos de agua fresquita y les daba de beber. Ellos, a cambio, me daban unas monedas.

 

Me llamaban “el niño del agua”. Se les iluminaba la cara cuando me veían aparecer. Imagínate.

 

Muy cerca había un hotel. En la cocina estaba la Matilde, que me dejaba llenar los botijos de vez en cuando. 

 

Te digo de vez en cuando porque normalmente yo los llenaba en la Coracha. Allí, había un grifo del que siempre caía agua. Para llegar a él, tenía que pasar por un túnel. Era raro el día en el que no me cruzara allí con el niño de los coquis. Se llamaba Miguel, pero lo llamábamos “al rico coqui”.

 

Nos parábamos, nos saludábamos, yo le daba agua, él me daba un coqui y seguíamos con nuestro camino.

 

Cuando emigramos a Alemania, me di cuenta de que nunca volvería a ver a Miguel.

 

 

UNA FIESTA DE 3 DÍAS EN DARMSTADT, ALEMANIA

Mucho había llovido desde aquel entonces, cuando un día, en el Casa Luis, el bar que tenía en Alemania, entró un cliente y me dijo:

 

“Luís, hay por aquí un hombre de Málaga que quiere comprar un coche. Como tú también eres de Málaga, le han hablado de ti y quiere conocerte”.

 

Le dije que se vinieran un día. Cuando uno está fuera de su tierra, encontrarse con un paisano siempre es motivo de alegría.

 

Así sucedió que me trajeron a aquel malagueño, que además decía haber vivido cerca de La Coracha.

 

– Sí, Luis. Yo vivía cerca de La Coracha. La verdad es que no teníamos mucho, pero íbamos sobreviviendo como podíamos. Salir a vender nos ayudaba.

– ¡No sabes cómo te entiendo! A nosotros nos pasaba igual. Yo empecé vendiendo chicles, pero también vendía agua, lavaba los coches de los señoritos…

-¡No me digas! Yo lo que vendía eran coquis. ¡Vamos, que me llamaban “al rico coqui”!

– ¿Tú te acuerdas de un niño al que te encontrabas siempre en el túnel y que te daba agua a cambio de un coqui?

-¡Pues claro que me acuerdo! ¿Cómo no me iba a acordar? ¡Esa agua era gloria bendita! Pero, ¿y tú cómo sabes eso?

-¡Por qué yo era el niño al que le dabas el coqui!

 

Nos invadió la alegría, nos abrazamos entre lágrimas y… yo cerré el Casa Luis para irnos de fiesta y contarnos nuestras batallitas.

 

Tal fueron las risas y las historias que teníamos que contarnos, que no volví a abrir el bar hasta tres días más tarde.

 

Luego me contaron que, cuando la gente preguntaba qué hacía el Casa Luis cerrado, mis amigos decían “El Luis se ha reencontrado con el rico coqui”.

 

Y todos reían. Pero más reíamos nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

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